Desde hace algún tiempo, en el centro de Copiapó existe un lugar donde conviven distintas expresiones artísticas. Su nombre es Caja Crisol, galería de arte y –cada vez más– espacio creativo para instancias literarias, poéticas, patrimoniales, de memoria, entre otras.
En esta casa antigua, angosta pero con pasillos profundos donde se pueden apreciar obras plásticas, realizamos nuestra última Chomba el pasado 5 de septiembre.
Esta vez el diálogo escénico en torno a la poesía contó con dos protagonistas. Por un lado, la poeta chañaralina Hilda Olivares quien, aunque escribe desde niña, solo comenzó a mostrar sus creaciones en la adultez, en plena década de los 80’. “Escribir es una llave que abre muchas puertas y caminos”, dice la autora que ha participado en encuentros de escritores en Perú y Bolivia y que ha sido incluida en antologías en Argentina y Chile.
Hoy, después de haber trabajado toda una vida como empleada administrativa en el Hospital de Chañaral, goza de una activa –y merecida– vida literaria, siendo distinguida con diversos galardones y considerada como una de las escritoras más relevantes de la Región de Atacama.
Por el otro, tuvimos al poeta y profesor copiapino Gabriel Ocaranza. A sus treintaypocos, el cronista lleva una recorrida vida literaria, transitando como becario de la Fundación Pablo Neruda en su Taller de Poesía, la Sociedad de Escritores de Copiapó, la PUCV (Casa de Estudios donde estudió), y talleres en el CENTEX y Balmaceda Arte Joven de Valparaíso. Hoy, radicado en la capital atacameña, mantiene su ejercicio docente en la ETP, cuenta con dos libros publicados (“El Chañar” y “Doméstica”, La Calabaza del Diablo) y dirige el taller de escritura local “El Chañar”, que cada día cuenta con más parroquianos.
Las lecturas
Hilda partió recitando. Su envidiable parsimonia al hablar, contrastaba con la rudeza de la temática que abordaba: la crisis medioambiental que por décadas ha sacudido a su natal Chañaral. Las playas contaminadas, el aire denso, el material particulado y sus efectos en la vegetación y especies animales, eran parte del cuadro que describía. Sin embargo, frente a la melancolía sobrevivían los gestos humanos, las familias, las infancias, los vecinos y vecinas y aquellos recuerdos de la época donde la relación con el entorno era más virtuosa.
Chañaral en la actualidad era una ciudad que resistía con lo poco que le quedaba. Y en medio de eso, las luchas ecologistas, feministas, liberadoras, se alzaban como terreno fértil en medio de un desierto hostil, donde los habitantes se vuelven activistas, y la pequeña Hilda que compraba con pesos en el almacén del barrio se convertía por necesidad en una manifestante que lucha a través de la palabra.
Ese mismo desierto inagotable fue mencionado por Gabriel, que nos situó en un Copiapó más urbano, atiborrado de comercios, colores e historias, igual de contaminado que Chañaral, pero víctima de otros debates propios de una capital regional, como la inmigración, la gran minería, la velocidad de la vida. Aquí también emerge el cariño como cura de todos los males, representado por un pitcher de la Fuente Zaro, en una caminata nocturna, en un pito compartido con amigos y amigas, ya sea en el valle copiapino o en el puerto de Valparaíso.
¿Cómo es vivir hoy en Copiapó? No lo sabemos del todo, pero recorriendo la escritura de Gabriel podemos acercarnos a una imagen bastante personal y, por eso, ilustrativa.
Así avanzó la noche, y las lecturas iban y venían. La Caja Crisol alojaba un bosque de chañares: resistente a la aridez y a la sequía, pero manteniendo aún su fulgor.









Organiza: Familia Runrún, Casa Runrún.
Colabora: Caja Crisol.
Participa: Gabriel Ocaranza e Hilda Olivares Michea.
Financia: Proyecto que es parte del Plan de Gestión de Familia Runrún, financiado por el Programa de Apoyo a Organizaciones Culturales Colaboradoras, Convocatoria 2025.
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