La palabra “atacama” posiblemente proceda de “tacama”, término quechua que significa “pato negro” o “yequ”. Es decir, desde una comprensión vernácula, el desierto homónimo estaría definido por una especie nativa que abunda en sus tierras, el cormorán. Lo que nos permite inferir que los antiguos habitantes concebían este territorio como un espacio vivo, cuyo símbolo de vitalidad era justamente esta ave de presencia vasta en zonas costeras, humedales y cursos de agua diversos que recorren sus rincones. Sin embargo, quienes administran el poder actual sobre este páramo, ven en el territorio nortino un espacio casi sin vida, inorgánico, cuyo único valor pareciera ser la conversión de lo pétreo en capital rentable. Perspectiva determinada por un modelo de desarrollo extractivo que hiere a muerte lo que necesita para sí y desecha como escoria todo lo que no le sirve.
El presente trabajo, por tanto, aborda el desierto de Atacama como un cuerpo telúrico enfermo que adolece producto de un acto criminal en su contra. Uno perpetrado por la minería a gran escala, forajido que, sin mediar resistencia, le ha propinado una estocada de puñal casi mortal al corazón, envenenando su sangre de relave. Cuerpo que, a pesar del dolor y las llagas, continúa latiendo, buscando regenerarse a sí mismo. Germinando, contra todo pronóstico, en forma de palabra que fluye como un río que, goteo a goteo, recuerda su trazado por cerros y valles, atesorando memorias y saberes minerales, agrarios y del mar para su salvataje. O brotando como bosque espinoso, símbolo de fortaleza absoluta y cobijo de vida, en medio de lo aparentemente baldío.
Ramírez Neira
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Eliana Hertstein
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