La compuerta número 12

El martes 7 de abril dio inicio a nuestra segunda semana de trabajo en Inca de Oro. Emprendimos viaje junto a mi compañero Daniel Jesús Díaz, esta vez, en bus. Nos dirigimos hacia el terminal de buses en el centro de Copiapó con todo lo necesario sobre los hombros: carpetas, libros, lápices y colaciones.

La carretera parecía mucho más lenta sobre el bus, igual de insegura. El paisaje se fijaba por momentos en la vista. El hierro, que todo lo tiñe de rojo, indicaba la lejanía de los cerros, o la clorita mineralizada nos avisaba que estábamos a mitad del camino. Inca de Oro se encuentra ubicado en el extenso llano de Varas en la carretera entre Copiapó y Diego de Almagro, ex Pueblo Hundido.

Somos unos visitantes y la localidad nos observa cada vez que llegamos. Sus pobladores están acostumbrados a los afuerinos, a los sujetos itinerantes movidos por la fuerza laboral. La asociación minera nos esperaba, abrimos puertas y ventanas, mientras estábamos atentos a la llegada de los vecinos y vecinas. Comenzamos el taller con la lectura de la tarea, un texto basado en la palabra que a cada asistente le tocó en la sesión anterior. Con esto los participantes nos permitieron conocerlos un poco más, por que entre ellos todos se conocen.

Posteriormente, hicimos entrega del libro Sub terra, de Baldomero Lillo. Leímos en conjunto y por turnos el texto “La compuerta número 12”. La narrativa de este autor nos permitió analizar y contrastar la vida laboral minera de otro territorio, tan distinto del que hay en el desierto y su aridez. La descripción del paisaje chileno y la preocupación por la vida miserable del trabajo y toda la necesidad por la que este se ejecuta, nos hizo dialogar sobre el contexto local, que lejos de las húmedas minas de carbón, la cuenca de Inca de oro se construye de una historia minera aurífera, gracias al metal de buena ley en Oro y también en Cobre.

De tarea dejamos la escritura de un resumen de “La compuerta número 12”. Nos despedimos para vernos el jueves. Cerramos todo en la sede para caminar en dirección a El Pirquén, uno de los restaurantes que está en la calle principal, pues teníamos que esperar un poco más de dos horas hasta tomar el bus regreso. Después de un rato, salimos y las bajas temperaturas traspasaban el abrigo. El paradero, a su vez, cortaba el viento de los autos que veloces pasaban por la carretera.

El día jueves 9 de abril repetimos el viaje en bus. Las opciones horarias en dirección a Inca de Oro son muy acotadas por lo que tuvimos que irnos a las 3 de la tarde y llegar antes al pueblo. Oportunidad que aprovechamos para pasar por algunos almacenes para conversar con sus locatarios y aprovechar de coordinar algunas actividades futuras con la dirección de la escuela del pueblo.

En esta ocasión compartimos el amplio espacio de la sede de la asociación minera con artistas participantes de una residencia artística llamada “Residencia  [Foto] Grafías Inca de Oro”.

Los integrantes del taller miraban curiosos al otro lado de la sala, no estábamos solos, era novedosa la compañía. Podían ver con toda su experiencia, cuánto atraía aún el pueblo minero, como si un resabio del oro de antaño se ocultara en la sombra de las nubes sobre las rocas. Nos enfocamos ya en lo nuestro y cada uno de los asistentes leyó en voz alta un resumen del texto leído en la sesión anterior. Comentamos cada escrito con la familiaridad que proporciona vernos en el ejercicio de la memoria, el diálogo y la escritura.

Reflexionamos y dimos paso al ejercicio de la sesión. Narramos un texto breve sobre nuestra primera experiencia con la minería. Todos los textos fueron leídos en voz alta y cada participante resumió el texto del otro en una sola palabra. La hora pasó rápidamente y llegó el momento de despedirse, decir adiós hasta la próxima sesión.

Nos sentamos a la mesa con los artistas de la residencia provenientes de distintas zonas del país. Compartimos y charlamos un momento sobre la procedencia de cada uno y su visita por la zona, de cómo el territorio es un tema en común. Nos despedimos gustosos de encontrarnos con la vitalidad de los que no dejan de buscar.  Rápidamente nos fuimos, porque el bus estaba próximo a llegar.

¿Qué es lo que nos trae hasta este pueblo minero? Surgían preguntas durante el viaje a medida que los cerros oscurecidos se dividían con el cielo y sus estrellas. ¿Quedarán aún escondidas esas vetas vírgenes de la que los pirquineros nunca hablan? La memoria requiere de ciertas prácticas para poder aclarar las confusas sensaciones que producen los recuerdos y la escritura aporta desde aquí una guía para la comprensión. Es concederle un espacio a la memoria para reconstruir la propia historia.

“El pirquinero es un ser fantasioso”, decía un integrante del taller. Lo divertido es que en la búsqueda de satisfacer la vida de un modo u otro estos hombres y mujeres han aprendido a leer la fantasía en los cerros, y que el rostro de la tierra, lleno de pecas turquesas, es el alimento.


Se viene la segunda «Chomba» en Copiapó

El próximo viernes tejeremos una nueva chomba poética en Copiapó. Esta vez con las escritoras Tatiana y Carolina Mayerovich Bahamonde.

Las chombas, instancias en las que dos o más artistas tejen un diálogo abrigador a partir de la presentación didáctica de sus obras, van en cuenta regresiva durante esta temporada, por eso esta es la número 10, aunque sea técnicamente la segunda.

Ambientamos un espacio cotidiano para transformarlo en un escenario en el que dos artistas ponen en diálogo sus obras de manera lúdica frente a un público diverso, creando un tejido impredecible llamado “Chomba”.

En esta ocasión la cita nuevamente es en Casa Runrún, nuestro laboratorio de trabajo migrante ubicado actualmente en pleno centro de Copiapó.


Indicios

El martes 30 de abril salimos de casa con la incertidumbre que se genera cada vez que uno va a enfrentarse a una experiencia nueva. ¿Qué pasa si no llega nadie hoy? Nos preguntábamos con Eliana Hertstein, compañera de labores en esta odisea.

Cargamos lo necesario en el auto y partimos. Atravesamos la ciudad de Copiapó por Copayapu en dirección hacia Tierra Amarilla. Llegando a Paipote doblamos a la izquierda y tomamos la carretera que se dirige a Diego de Almagro, ex Pueblo Hundido. En el trayecto, los cerros como camaleones petrificados, entre luces y sombras, proyectaban el movimiento del sol. Los enormes camiones, habitantes principales de ese camino en medio del desierto, movían levemente nuestra pequeña camioneta al pasar en sentido contrario como prueba de fuerza para demostrarnos que entrábamos en territorio extranjero.

Una vez que cruzamos el umbral invisible que separa la provincia de Copiapó con la de Chañaral, señalizado por un típico letrero verde, supimos que quedaban poco más de 30 kilómetros para llegar a Inca de Oro. Localidad que venimos investigando desde hace poco más de un año, pero que desde ese momento comenzaríamos a experimentarla desde la perspectiva de unos habitantes más. Al menos eso deseábamos.

Meses y semanas antes solo estuvimos haciendo trabajo de campo, realizando visitas casa por casa invitando a las personas, yendo a entrevistas radiales, concordando citas a reuniones colectivas para informar a los vecinos de los motivos de nuestra presencia, y todo lo necesario para comenzar a conocernos y reconocernos con la comunidad.

Nuestra incertidumbre se acrecentaba cuando llegamos a la sede de la Asociación Minera, lugar dispuesto para construir el espacio literario que veníamos planificando. Abrimos, ordenamos las sillas y nos pusimos a esperar. Poco a poco empezaron a llegar los vecinos y nuestra incertidumbre se transformó en alivio y alegría. También llegaron representantes de la Seremi de Cultura de la región de Atacama. Querían conocer en carne propia lo que se comenzaba a tejer.

Comenzamos el taller leyendo en conjunto el texto “Indicios” del libro La Analfabeta de Agota Kristof, la escritora húngara. Luego lo comentamos y de inmediato surgieron las comparaciones con la vida de infancia de cada asistente. Todos y todas recordamos de manera inevitable nuestras “travesuras” y las veces en que nuestra madre y padre nos retaron por estas.

Explicamos la importancia de la memoria como una manera de buscar indicios para transformarlos en literatura.

Dejamos de tarea para la casa la escritura de un texto en el que cada vecino y vecina tenía que relatar la idea general del texto leído. Despedimos oficialmente la sesión, pero como buenos chilenos, luego de decir “chao”, continuamos conversando. Después de un rato, poco a poco, como un reloj de arena, comenzó el éxodo final. Cerramos la sede y nos metimos al auto para comenzar nuestro regreso a casa.

El jueves 2 de mayo repetimos la odisea de tomar el auto e irnos hasta el pueblo por la carretera mortal de los camiones. Llegamos bien, abrimos la sede y preparamos todo para la entrada de los vecinos y vecinas. Poco a poco aparecieron por la puerta caras conocidas y caras nuevas, pero faltaron algunas de la sesión anterior. Algo que normalmente pasa cuando se está desarrollando un proceso hasta que se consolida un grupo medular de trabajo.

Antes de comenzar la sesión de escritura, recordamos la sesión de lectura pasada y solicitamos la lectura de los textos que quedaron como tarea para contextualizar a los nuevos integrantes. Poco a poco fueron saliendo más comentarios y remembranzas del pasado.

Después de esa extensa introducción solicitamos la escritura de un relato, a modo de ejercitación libre, de alguna “travesura” de la niñez. Todos comenzamos a escribir, incluidos nosotros como mediadores. Una vez acabado el tiempo, leímos cada relato en voz alta, comentando lo que sentíamos con cada historia y a través de una evaluación colectiva fuimos resumiendo cada texto en una sola palabra. Recordamos la importancia de la memoria como una manera de inspirarnos para escribir y nos despedimos invitando a la próxima sesión. Como tarea dejamos la escritura de un texto libre a partir de la palabra que se desprendió de cada uno de nuestros escritos.

Nuevamente nos quedamos conversando un poco más de manera informal. Es difícil explicar qué es lo que hacemos lejos de casa incentivando a la lectura y la escritura solo por amor a la literatura y a las personas. Difícil es explicar que lo que hacemos también es un trabajo. Difícil es viajar por una carretera construida para los camiones mineros y tratar de pasar como uno de ellos sin serlo.

La cuestión es que también nos dedicamos a la minería, pero desde un arista menos explorada, la literatura. Por eso, cargamos nuestro capacho con las herramientas necesarias para escarbar en las memorias buscando la veta literaria que cada ser humano lleva consigo. De alguna forma, también somos mineros, porque vamos detrás de una riqueza trascendental, una que contribuye al desarrollo de las personas desde lo humano y cultural. Y eso es lo que tenemos como respuesta ante la pregunta ¿Qué hacen aquí?

Una vez puesto el candado en la vieja puerta de madera de la Asociación Minera, nuevamente emprendimos el viaje de regreso a casa por la carretera, esa carretera que poco a poco empieza a reconocernos como habitantes de su territorio, la de los camiones y de los cerros multicolores que durante la noche se apagan con el sol, pero que se dejan ver de forma tenue con las luces de los autos y las animitas de la berma.


Parte «Buscando la veta» en Inca de Oro con apoyo del Fondo del Libro 2019

Desde el 30 de abril al 25 de julio del presente año a las 18:00 horas llevaremos a cabo todos los martes y jueves de cada semana, en la sede de la Asociación Gremial Minera de la localidad de Inca de Oro, región de Atacama, el taller “Buscando la veta”.

La actividad consiste en sesiones semanales de lectura y escritura por medio de las que abordaremos la autobiografía como una manera de indagar en la memoria individual y colectiva de los habitantes del pueblo.

Inca de Oro es una zona con un pasado aurífero esplendoroso, pero que en la actualidad, aunque con menos habitantes que antaño, sigue resistiendo al paso del tiempo a través del trabajo en comunidad.

Por ese motivo, a través de «Buscando la veta», buscamos crear una instancia literaria para trabajar desde el puño y letra de los mismos habitantes y protagonistas de la localidad, las historias que los han ido conformando como poblado.

Desarrollaremos el proyecto de la mano de la poeta y técnico en geominería Eliana Hertstein y del músico y escritor Daniel Jesús Díaz, ambos integrantes de nuestra colectividad.

Cabe señalar que el proyecto cuenta con el apoyo del Fondo Nacional de Fomento del Libro y la Lectura 2019, del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio.


Se viene la primera «Chomba» en Copiapó

Extendemos una afectuosa invitación a la primera Chomba a realizarse en Copiapó, región de Atacama, Chile.

Se trata de la primera actividad de este tipo en la ciudad, pero es a la vez la Nº 11. Esto porque en esta primera temporada la instancia va en cuenta regresiva.

Cada fecha tendrá un color e invitados diferentes, pero la dinámica será la misma, es decir, realizar una lectura, tocata o muestra artística didáctica en la que dos o más artistas dialogan entre sí con sus creaciones o fragmentos de estas, formando un tejido abrigador llamado Chomba.

Los invitados para esta primera jornada son Juan Santander y Eliana Hertstein, ambos poetas copiapinos. «Roto», a su vez, se encargará de cerrar la jornada con algunas canciones.